Euskal Herriko komunista, ezkertiar eta abertzaleen bilgunea.
Foro de komunistas, gente de izquierdas y abertzales de Euskal Herria.

5/06/2005

Maiatzaren 8a Garaipenaren Eguna

Zenbat zor diegu Sobietar Batasunean Nazismoa gelditzeko borrokatu ziren miloika eta miloika gizon emakumeei. Maiatzaren 8an Nazismoaren erorketaren hasiera ospatzen da, egun horretan Zhukov mariskalak porrota sinatu zuen eguna.

Sobietar Batasuneko gizon eta emakumeek esfortzu izugarria egin zuten guregatik ere. Zenbaitzuk ahaztu nahi dute non hasi zen Nazismoaren porrota eta ez da kasualitate hutsa, nahi bat baizik; historia berridazteko eta eraldatzeko nahia. Baina egun honetan hona hemen gure omenalditxoa komunismoagatik, bakeagatik, guregatik bizia eman zuten gizon eta emakume guzti horiei. Ez dadila errepikatu batzuk hala izatea nahi duten arren.



20 milioi sobietar hilik
15 hiriburu suntsiturik
1700 hiri suntsiturik
70.000 herri suntsiturik

7 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Gloria eterna a los millones de combatientes rusos, bielorrusos, ucranianos, judíos, uzbekos, armenios, georgianos, kazajos, tadjikos, tartaros, letones, estonios,...unidos en la defensa de la Unión Soviética, combatientes del Ejército Rojo, dirigidos por el Partido Comunista con el gran Stalin al frente que LIBERARON A LA HUMANIDAD DE LA PESTE NAZI. No hay agradecimiento suficiente para todos ellos. La Humanidad está huérfana, débil e indefensa sin ellos. EL COMUNISMO VOLVERÁ CON MAS FUERZA A TERMINAR LA TAREA PENDIENTE.

6/5/05 16:51

 
Anonymous Stalin said...

Convocamos cenas antifascistas en Euskal Herria para hacer honores al Ejército Rojo y a las Resistencias Antifascistas europeas que vencieron al nazismo y sus aliados. Gracias a Stalin Europa no es esclava del IIIer. Reich. Pero es verdad que Stalin fué un cabrón: no llegó con el Ejército de obreros y campesinos a Finisterre y Algeciras. Y tuvimos que aguantar a Franco y Salazar.

9/5/05 08:11

 
Anonymous Genadi Ziuganov said...

Mensaje de felicitación del Sec.Gral. del Partido Comunista de la Federación Rusa, con motivo del 60 aniversario de la Victoria sobre el fascismo
"Vencimos gracias a que éramos un pueblo soviético unido"

Guennadi Ziuganov
Kommunist-TV

Traducido del ruso para Rebelión por Josafat S.Comín

Queridos amigos, queridos veteranos, trabajadores de la retaguardia, participantes en los combates, ciudadanos de nuestra querida patria.

Quisiera felicitarles de corazón, con motivo del 60 aniversario de la Gran Victoria.

De no haber existido esa victoria, no celebraríamos ahora ni el 1º de mayo, ni el 23 de febrero, y puede que hasta año nuevo lo celebrásemos de modo distinto, si la telaraña fascista hubiese atrapado todos los continentes, todo el planeta.

Hoy tenemos que oír multitud de mentiras sobre esta Gran Victoria y la participación de nuestro país.

Pero pensemos, que en apenas unos meses, los fascistas conquistaron toda la orgullosa y altiva Europa. En 44 días tomaron el control de la poderosa Francia. Se dieron un paseo militar por toda Europa, hasta que toparon con nuestras vastas extensiones, con el carácter ruso, con nuestra valentía, con nuestra historia, con nuestro empeño indomable.

Vencimos, gracias en primer lugar a que éramos un pueblo soviético unido. Nadie nos dividía en ucranianos, rusos, tártaros, baschkires o kirguises. Éramos una familia unida, y nadie que combatiese en los campos de Moscú, Stalingrado, Orlov, se fijó nunca en la nacionalidad del compañero que tenía a su izquierda o derecha, bastaba saber que era un valeroso soldado, que éramos uno solo, bajo un poderoso mando que nos condujo a la Victoria.

Vencimos, porque defendíamos el Poder Soviético, nuestra casa natal, defendíamos una enorme potencia, como era la Unión Soviética.

Vencimos gracias a la unidad del frente y la retaguardia, gracias a la dirección del Partido Comunista.

Unos comunistas, que tenían entonces el privilegio de ser los primeros en ponerse de pie, salir de la trinchera y lanzar el ataque, y los primeros en ser colgados cuando el enemigo tomaba alguna de nuestras aldeas o ciudades.

Pienso que no se puede hablar solo de una victoria. Salvamos al mundo de la peste fascista, izando nuestra bandera en lo más alto del Reichstag bajo el cielo de Berlín.

Y hoy, cuando el partido del poder entrega una plaza de armas tras otra, hoy, cuando las fortalezas que conquistó Suvorov, los puertos que construyó Pedro I, los estados que liberó Zhukov, se convierten en aliados de la OTAN y nos amenazan, siento vergüenza ajena y repugnancia al ver como ha sido vendida y traicionada nuestra heroica gesta.

Traicionada y vendida en primer lugar por Gorbachov y Yeltsin. No habrá ningún perdón histórico para ellos, pero yo les quiero pedir disculpas, ante todo a los veteranos de guerra, quienes sufren en lo más profundo de su corazón, al tener que celebrar este 60 aniversario, viendo como se insulta la memoria de su gloriosa hazaña, por numerosos periodistas e investigadores desvergonzados.

Pero a pesar de todo, la verdad se acabará imponiendo. La verdad reside en saber que Rusia no puede existir sin un poder fuerte, no puede desarrollarse sin soberanía popular y sin justicia social, no puede vivir dando la espalda a nuestra historia y a nuestra Gran Victoria. No puede vencer sin apoyarse en los triunfos y conquistas de valerosas generaciones enteras.

Y la base de esa unidad fueron los lemas y creencias, a las que sigue sirviendo nuestro partido: la amistad y hermandad de nuestros pueblos, la lucha por la justicia, el respeto por el trabajador, la fe en nuestra historia, cultura, en nuestros campos sin fin, en nuestras tradiciones.

Por eso les quiero transmitir mi más caluroso saludo y asegurarles que el Partido Comunista ruso continúa fiel a los grandes ideales de la Victoria.

Hemos puesto en marcha un completo programa para el renacimiento de nuestra gran potencia, que contempla la devolución, para el disfrute de todo el pueblo, de todas nuestras riquezas naturales, de nuestros enormes campos y valioso subsuelo, que contempla el garantizar un nivel de vida digno, unos salarios y pensiones dignos, por encima del mínimo vital, para cada persona. Para los funcionarios: maestros, médicos, ingenieros, militares, científicos, un mínimo de 8-10 mil rublos.

Hemos creado un programa, en torno al cual se puedan unir todas las fuerzas patrióticas, y poder someter todas estas cuestiones a referéndum, para que la población se pueda pronunciar sobre ellas.

Quisiera que cuando salgan a la manifestación a celebrar esta gran fiesta, sientan no solo el hombro de un amigo o camarada, sino que recuerden que son parte de un gran país, ciudadanos de una gran potencia, herederos de una gran victoria.

Viva nuestra Victoria, la justicia, el poder popular y la amistad de los pueblos.

Felices fiestas y mis mejores deseos a todos mis paisanos y compatriotas.

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El video se puede descargar desde:

http://www.kprf.ru/news/videonews/33280.html

9/5/05 08:17

 
Anonymous Erich Honecker said...

El historiador Stefan Doernberg cuenta en un libro su huida de Alemania con la llegada al poder de Hitler y su entrada en la ciudad como soldado soviético Fue uno de los cien alemanes que lucharon para la URSS y el redactor de la capitulación de Karlshor
«Yo entré con el Ejército Rojo en Berlín»

La Razón

Sesenta años después de la capitulación alemana, el historiador Stefan Doernberg, un berlinés de 80 años, recuerda cómo entró con el Ejército rojo en Berlín y saboreó al igual que sus camaradas rusos la derrota de la Alemania nazi de Adolf Hitler. En el libro «Servicio en el frente» (Editorial Ost), Doernberg narra su historia personal, como niño judío que tuvo que sufrir las humillaciones de los nazis, como huido y reclutado en el Ejército Rojo, como soldado triunfal en Berlín. Pero su historia corre en paralelo a la de la II Guerra Mundial: sólo un centenar de alemanes, entre ellos él, lucharon con la URSS, y sólo él y otros dos entraron aquel 8 de mayo de 1945 en Berlín. Doernberg, en persona, fue el encargado de redactar la rendición.

Berlín- Para Stefan Doernberg, la conquista de Berlín por el Ejército Rojo supuso una vuelta a sus orígenes. Un regreso agridulce: la alegría ante la victoria frente a la Alemania nazi y la tristeza de ver su ciudad natal reducida a escombros. Doernberg fue uno de los pocos alemanes que entró con el Ejército Rojo en Berlín tras la derrota del Tercer Reich. Y fue testigo de la firma el 8 de mayo de 1945 de la capitulación definitiva de la Alemania nazi. Doernberg nació en el seno de una familia burguesa judía en el barrio de Wilmersdorf en Berlín en 1924, año en el que Adolf Hitler redactó «Mein Kampf» (Mi lucha) mientras cumplía condena por el «putsch» fallido de Múnich contra la República de Weimar.
La llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 marcó para siempre la vida de Stefan Doernberg y la de su familia. Su padre, judío, funcionario del Comité de Desempleados de Berlín y miembro del Partido Comunista de Alemania (KPD), fue en varias ocasiones víctima en las calles de Berlín de las represalias de los nazis, quienes finalmente le detuvieron en marzo de ese año.

Miedo a las SA nazis. A los nueve años, supo lo que significaba ser judío en la Alemania nazi. El pequeño Doernberg tenía tanto miedo a que las SA se llevaran también a su madre que sufrió una crisis nerviosa que le provocó una «alopecia areata» (caída del cabello) cuyas consecuencias son todavía hoy visibles. Los miembros de las Juventudes Hitlerianas le pegaban por la calle «por ser judío», explica este alemán. Y los nazis cerraron en 1933 el colegio Montessori de Dahlem al que Doernberg acudía. Él y su hermana Eva fueron a partir de entonces a la escuela judía. «Cada vez me sentía más extraño en un país dominado por los nazis, que, sin embargo, yo seguía considerado mi patria», cuenta en su libro «Servicio en el frente» (editorial Ost).
En 1935, Stefan Doernberg abandonó Berlín con su madre y su hermana para trasladarse a Moscú, donde les esperaba su padre, que, entretanto, había huido. La vida de esta familia comunista alemana en la Unión Soviética tampoco fue fácil, ya que también fueron víctimas de las represiones de Stalin.
El 21 de junio de 1941, Stefan Doernberg celebró su 17 cumpleaños con sus compañeros de colegio en el parque Gorki de Moscú. Al día siguiente, el comisario del pueblo de Asuntos Exteriores Molotov, que había negociado en 1939 en nombre de Stalin el Pacto germano-soviético de no agresión, anunciaba en la radio que Alemania había invadido la Unión Soviética sin declaración de guerra y había bombardeado varias ciudades. Al conocer «la mala noticia», este alemán no se lo pensó dos veces y ese mismo día se alistó como voluntario en el Ejército Rojo para enfrentarse a la Alemania nazi. «Consideraba lógico defender contra el enemigo al país que me había acogido y que podía considerar mi patria», explica este historiador, que en los ochenta fue embajador de la República Democrática Alemana (RDA) en Finlandia. «Había muchas formas de resistir contra el fascismo y una de ellas era formar parte de la Coalición anti Hitler», dijo Doernberg durante un encuentro con periodistas extranjeros en el Museo Berlín-Karlshorst, donde está la sala en la que se firmó el 8 de mayo de 1945 la capitulación definitiva de la Alemania nazi. «Yo siempre estuve convencido de que íbamos a ganar a Hitler», asegura.
Doernberg, de 80 años, reconoce que su caso es casi excepcional. Sólo un centenar de alemanes lucharon durante la guerra en las filas del Ejército Rojo. Recuerda que, en general, sus camaradas rusos le trataban bien a pesar de que era alemán, aunque reconoce que algunos de ellos le miraban con recelo porque «pensaban que quizá fuera un espía». Pero podían estar tranquilos, porque Doernberg «odiaba el fascismo tanto o más que mis camaradas rusos».
Durante la contienda, Doernberg no mató a ningún combatiente alemán: «No disparé un solo tiro», explica y como era bilingüe alemán-ruso, las autoridades soviéticas le asignaron a una unidad especializada en guerra psicológica, «redactábamos octavillas de propaganda antinazi y hacíamos emisiones de radio para convencer a los alemanes de que la guerra era mala».

A pie desde Rusia. Doernberg recorrió los 2.000 kilómetros que separan Moscú de Berlín vestido con el uniforme del Ejército Rojo. El 31 de enero de 1945 atravesaba con sus camaradas rusos entre Poznan y Küstrin la frontera del país que su familia tuvo que abandonar diez años antes huyendo de la locura racista y antisemita. Doernberg recuerda que un soldado ruso había colocado ahí un cartel con caracteres cirílicos que decía: «Aquí comienza la maldita Alemania».
Doernberg estuvo bajo las órdenes del mariscal ruso Gueorgui Konstantínovich Zhúkov en la batalla de Seelower Höhen, el último frente antes de la toma de Berlín y la más sangrienta que tuvo lugar en suelo alemán. Esta zona pantanosa junto al río Oder se convirtió en la tumba de 33.000 soldados soviéticos, 12.000 alemanes y 5.000 polacos. «Ningún punto del suelo alemán está tan empapado de sangre como Oderbruch», corrobora Doernberg. Asegura que las dos semanas que trascurrieron entre la batalla de Seelower Höehen y la toma de Berlín por el Ejército Rojo fueron «las más largas de mi vida». Doernberg quería estar presente en «la liberación» de su país natal del nazismo. El 23 de abril de 1945 pisó por primera vez las calles de Friedrichhagen y Köpenick, a las afueras de la capital alemana. Sólo tres alemanes –él, Marienne Weinert (hija del poeta Erich Weinert) y Konrad Wolf (hijo del escritor comunista Friedrich Wolf y hermano del futuro jefe de los espías de la Stasi Markus Wolf)– entraron con el Ejército Rojo en Berlín. En la capital alemana, aparentemente nadie había oído nada del asesinato a sangre fría y de manera industrial de seis millones de judíos. Nadie había sido miembro del partido nazi, a pesar de que el NSDAP contaba con diez millones de afiliados. Muchos aseguraban ser comunistas o socialistas a pesar de que ignoraban el nombre de los dirigentes de estos partidos y no sabían cuál era el emblema del KPD o del SPD, recuerda Doernberg.

Zona cero. Este berlinés quedó muy impresionado cuando vio que su ciudad natal había quedado prácticamente reducida a escombros, que se había convertido en una inmensa zona cero. Doernberg asegura que los casos de violaciones de mujeres alemanas perpetradas por soldados rusos fueron una excepción. Y considera lógico que los berlineses tuvieran miedo del Ejército Rojo por varias razones: la primera, porque «la mayoría sabía que se había llevado a cabo una guerra de aniquilación en el Este, aunque no conocieran los detalles, y temían las represalias de los soviéticos». La segunda, porque la propaganda de Goebbels contra los judíos y los eslavos, a los que los nazis consideraban «infrahombres», había sido muy efectiva. Y tercera, porque a nadie le gusta que un Ejército extranjero ocupe su país.
Para Doernberg, la II Guerra Mundial terminó el 2 de mayo. Ese día firmó la capitulación el general de artillería Helmuth Weidling, responsable en los últimos días de la guerra de la defensa de Berlín. A Doernberg le ordenaron sus superiores mecanografiar la capitulación, que luego firmó Weidling. Para los aliados, en cambio, la auténtica capitulación, la de la Wehrmacht, se firmó el 7 de mayo en el cuartel general aliado de Reims (Francia). Para los soviéticos la capitulación definitiva se firmó la medianoche del 8 al 9 de mayo en Berlín-Karlshorst, aunque los aliados lo consideran sólo un acto de propaganda para Stalin. Doernberg, dado sus conocimientos de ruso y alemán, también fue testigo de las negociaciones entre los aliados y la Alemania nazi en Karlshorst. El general mariscal de campo Keitel fue quien firmó la capitulación definitiva de los alemanes en el antiguo casino de la Wehrmacht en Karlshorst, que hoy alberga el museo germano-soviético. El general ruso Zhúkov cerró la ceremonia con las palabras «la delegación alemana puede irse». Cuando se le pregunta si no se sentía extraño luchando contra sus compatriotas, Doernberg dice: «Yo no luché contra mi país natal, sino que luché por mi patria, porque mi país natal no era la Alemania de Hitler».

9/5/05 15:01

 
Anonymous Miguel Urbano Rodrigues said...

Del Final de la II Guerra a la crisis de Civilización

Miguel Urbano Rodrigues
Avante
Traducción: Pável Blanco Cabrera
La Fogata

En Berlín, frente a las ruinas del edificio del Reichstag, contempladas desde ambos lados de la frontera que durante más de cuatro décadas separo a las dos Alemanias, tuve la oportunidad de meditar en años diferentes sobre el caminar de la historia.
En aquel lugar simbólico sentí una gran serenidad. La primera vez que me aproxime a la Puerta de Brandenburgo viniendo de la Unter den Linden en una noche de primavera no me esforcé por imaginar el cuadro trágico de la gran ciudad en la jornada de mayo del 45, cuando la bandera soviética fue ondeada sobre los escombros del antiguo parlamento.
Pensaba en los soldados que habían caído muertos en el asalto al último bastión del poder nazi y en la alegría de los pueblos de todo el mundo que entonces festejaron la capitulación incondicional del III Reich. La humanidad soñaba con una paz eterna.
Transcurridos 60 años sabemos que tal esperanza era ingenua.
La guerra fría no principio con el discurso de Winston Churchill en Fulton. Comenzó a ser preparada cuando aún se combatía en Europa. Por ser indisociable de un crimen mounstroso, con efectos planetarios, la fecha que mejor señala su inicio es la del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Los historiadores serios de los EEUU como Howard Zinn son hoy los primeros en reconocer que la decisión de Washington de utilizar el arma nuclear contra un país ya entonces militarmente derrotado fue el primer acto de una larga guerra no declarada contra la Unión Soviética.
Esa opción se inserto en el desarrollo de una estrategia que empezó a esbozarse apenas después de la Revolución Rusa de Octubre de 1917.
El resultado de la Primera Guerra Mundial era aún una incógnita, pero la hostilidad de Inglaterra y de Francia a la joven revolución socialista fue inmediata. Los Estados Unidos asumieron una actitud idéntica y, después de la derrota del Imperio Alemán y antes de firmada la Paz, participaron activamente, en el Ártico y en el Extremo Oriente de operaciones militares de las potencias de la Entente cuyo objetivo declarado era el aplastamiento de la revolución bolchevique.
Significativamente, el gobierno de Washington fue en occidente, uno de los últimos en establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética.
En el origen de una política de agresividad permanente estaba el temor al socialismo. Las manifestaciones de apoyo de los trabajadores británicos y franceses a la Revolución Rusa y sobretodo a la insubordinación de marineros en las escuadras que bloqueaban a Rusia provocaron alarma en los EEUU.
En la Revolución identificaron, no sin motivo, una amenaza frontal al capitalismo.

ENTRE LAS DOS GUERRAS MUNDIALES

El historiador soviético Evgeni Tarlé, en un libro importante y poco conocido, analiza con lucidez los conflictos de intereses que después de la guerra franco-prusiana encaminaron a la Europa en el inicio del Siglo XX para una guerra que iría a durar más de cuatro años y asumiría por vez primera dimensión mundial. Tarlé, uno de los mejore biógrafos de Napoleón, demuestra que mucho más que los litigios en el trazado de las fronteras y el antagonismo franco-alemán fue una lucha por la hegemonía económica que torno a la guerra inevitable. El desarrollo galopante de Alemania fue encarado como amenaza mortal por una Inglaterra cuya supremacía económica y comercial había entrado en decadencia. Obviamente la ambición y la irresponsabilidad del Káiser Guillermo II contribuyo para apresurar la conflagración armada.
Más las causas determinantes fueron otras. Lenin acuño entonces la expresión «guerra imperialista» para definir la catástrofe en que perecieron millones de personas.
El capitalismo de la época, en proceso de transformación acelerado presentaba características muy diferentes del actual, pero en lo fundamental el análisis de Lenin sobre el imperialismo como última fase del capitalismo permanece valido y representa una contribución valiosa para la comprensión del sistema de poder imperial que hoy amenaza a la humanidad.
En este inicio del Siglo XXI al reflexionar sobre esta amenaza y las formas de combatirla, es útil recordar que la gula imperial de Inglaterra y de Francia, en la repartición de las colonias africanas de Alemania y de las provincias árabes del desaparecido imperio otomano, estuvieron en el origen de futuras guerras coloniales y de una multiplicidad de crisis cuyos efectos se manifiestan hoy dramáticamente. El trazado de las fronteras de Irak y de Siria, la invención de Transjordania –un estado artificial- y la idea de la creación de un "hogar judaico" en la Palestina colocada bajo mandato británico confirmaron que las grandes potencias imperiales continuaban mirando a los pueblos musulmanes como habitantes de un gigantesco jardín zoológico habitado por seres humanos inferiores. La mentalidad que había presidido la Conferencia de Berlín, que dividiera a África como si fuera un pastel, no había evolucionado.
Simultáneamente, en el texto del Tratado de Versalles impuesto a Alemania vencida evidenciaba la misma incapacidad de entendimiento de la historia, de su movimiento y del sentir de los pueblos.
Es evidente que el revanchismo germánico y la escalada del nazismo fueron decisivamente estimulados por las cláusulas del referido Tratado.
Entretanto, paradójicamente, las potencias victoriosas, cuando la República de Weimar comenzó a fundarse, acompañaron primero con indiferencia y después casi con simpatía el surgimiento en el escenario alemán de un partido que no escondía en las arengas inflamadas de su Fuhrer la voluntad de una venganza por las armas.
Cuando Hitler llego al Poder y, cobijado por el Mariscal Hindenburg, se volvió Canciller del Reich (con la complicidad de la socialdemocracia) las grandes potencias capitalistas nada hicieron por detenerlo.
En el plano político, en el militar, en el económico, las responsabilidades de Francia, de Inglaterra y de los EEUU en el rumbo que la historia tomo son inocultables.
El rearme alemán estaba muy atrasado en 1936 cuando las líneas generales de la estrategia de la locura de Hitler empezaban a definirse con claridad.
Francia, sin embargo, no reacciono al desafió de la reocupación militar del Ruhr, corazón industrial de Alemania. Casi simultáneamente la intervención alemana en la guerra civil de España en apoyo de Franco, asumió carácter provocador.
El poderío militar de Italia presumido por Mussolini era como la guerra confirmo una ficción. La Marina Británica estaba en condiciones de impedir la ayuda al fascismo español de las potencias del Eje Berlín-Roma. Más enredadas en la política hipócrita de la «No intervención», Inglaterra y Francia permitieron que la Alemania nazi hiciese de los campos de batalla de España campo de experiencias de las nuevas armas, contribuyendo decisivamente para la victoria de Franco.
A partir de la anexión de Austria su discurso, marcado por una ambición megalómana, adquirió contornos paranoicos.
Despues de Austria, continuo Checoslovaquia. No era la Región de los Sudetes la que estaba en disputa, pero si un proyecto de dominación mundial. Más Inglaterra y Francia volvieron a ceder en Munich que surge como prologo anunciatorio de la guerra.
El polémico tratado Germano-Soviético solamente fue firmado cuando la URSS comprendió que eran inútiles todos sus esfuerzos para frenar el expansionismo alemán a través de un acuerdo tripartito con Londres y Paris. El gobierno soviético llego a pedir a Praga su autorización para la entrada del Ejercito Rojo en el territorio checoslovaco si este fuese invadido por la Alemania. Más la petición fue finalmente rechazada.
Hitler saco conclusiones correctas de su victoria política. Meses después ocupo totalmente a Checoslovaquia sin disparar un tiro. Polonia paso a ser el próximo objetivo.
Munich aparece a las generaciones actuales como el símbolo de la capitulación que abrió las puertas a la guerra. Historiadores marxistas norteamericanos y europeos vienen entretanto llamando la atención sobre el papel que el gran capital trasnacional desempeño en el proceso de la toma del poder por el Partido Nacional Socialista Alemán y en el fortalecimiento y expansión de la economía del III Reich nazi. Existe hoy una amplia documentación sobre la sombría red de complicidades y solidaridades que entonces tomo forma en los terrenos político y financiero.
El Profesor italiano Domenico Losurdo, en un ensayo reciente (reproducido por http://www.resistir.info ) señala que Henry Ford fue un admirador entusiasta de Hitler y reflexiona sobre las intimas relaciones que en los años treinta se establecieron entre los gigantes de las industrias estadounidenses y alemanas. La corriente de reconocimientos recíprocos entre el Reich hitleriano y la América rooseveltiana asumió tal importancia que los vínculos creados entre los monopolios de los dos países no fueron totalmente destruidos por la guerra dejando secuelas. En los EEUU la derecha nunca escondió además su simpatía por las ideas de Hitler.
Las relaciones entre el capital industrial y financiero británico y el alemán también se desarrollaron mucho en el periodo anterior a la guerra. Los intereses creados alcanzaron tal volumen que en la fase final del conflicto instalaciones de muchas empresas, sobre todo en Renania, que estaban ligadas a las trasnacionales estadounidenses e inglesas no fueron alcanzadas por los bombardeos aliadas. Empresas de los EEUU estuvieron implicadas en exportaciones para Alemania durante la guerra. Algunas nunca rompieron los contactos indirectos con la IB Farben, el gigante industrial insignia del nazismo, íntimamente ligado a los crímenes de guerra.

LA PERVERSION DESINFORMATIVA

Existen muchas obras serias sobre la II Guerra Mundial que permiten acompañar su desarrollo. Los hechos no pueden ser apagados. Más para la gran mayoría de la humanidad, transcurridos apenas 60 años, es difícil hoy escapar a los efectos de la maquina de desinformación que presenta esa guerra bajo perspectivas que la deforman intencionalmente.
Un sistema mediático perverso proyecta de ella una imagen falsa, concebida con objetivos políticos para provocar la adhesión al proyecto de sociedad que el engranaje de la globalización neoliberal intenta imponer a la humanidad.
La prensa, la radio, una literatura apologética y sobretodo el cinema y la televisión substituirán a la guerra real por una guerra ficcional, en la cual casi todo, desde las batallas a los héroes, asume facetas míticas.
John Bolton, el ultraderechista del equipo bushiano para el cual el Consejo de seguridad de la ONU debería tener un único miembro permanente, los EEUU, afirmo hace días, en Lisboa, en una entrevista al Publico que las tropas norteamericanas liberaron a Europa, derrotando a Hitler.
Sabe que es mentira, más no ignora también que una mentira muy repetida se transforma –como decía Goebbels- en verdad.
Ahora toda la gigantesca maquinaria de desinformación de los EEUU –con la complicidad de los medios europeos- sustenta, en obras de calidad muy diferentes, que la guerra del 39-45 fue, en lo fundamental, una victoria de los EEUU. La contribución para la derrota del nazismo de sus principales aliados, la Gran Bretaña y la URSS, habría sido secundaria.
Lo mismo en las grandes universidades esa no-verdad es difundida y aceptada sin grandes reservas.
Los historiadores que escriben para Hollywood valoran (lo que es justo) el heroísmo del pueblo británico al luchar solo contra Alemania nazi durante un año. Pero pocos estadounidenses tienen conocimiento de que más del 90% de las perdidas militares sufridas por los ejércitos alemanes ocurrieron en el Frente del Este en combates con las tropas soviéticas. Un porcentaje también mínimo sabe que en la Batalla de Stalingrado, iniciada en septiembre de 1942, y finalizada con la capitulación del VI ejercito Alemán de Von Paulus, significo un viraje decisivo en el rumbo de la guerra. Y aún es menor el número de aquellos que tienen una idea de la Batalla de Kursk en Agosto del 43, no obstante haber sido en ese choque que el Ejercito Rojo quebró la columna vertebral de la Werhmacht hitleriana.
En Kursk estuvieron involucrados casi cuatro millones de combatientes, más el norteamericano medio ignora la propia existencia de la batalla.
Le han enseñado en la escuela, y lo filmes de Hollywood confirmaran ese mensaje, que grandes epopeyas militares fueron, por ejemplo, Guadalcanal y Okinawa. Desconoce que Guadalcanal fue en el contexto de la guerra mundial poco más que una escaramuza, que involucro apenas 10 000 soldados norteamericanos.
La historia de la guerra contra Japón es también groseramente distorsionada. En las escuelas y en las universidades no se informa que fueron los australianos y no los estadounidenses quien contuvo en las selvas de la Nueva Guinea el avance de los japoneses para el Sur.
En cuanto a la intervención militar de la URSS contra Japón en agosto de 1945 es sistemáticamente omitida por la mayoría de los historiadores y es presentada como incidente militar inexpresivo. Eso no obstante que en una semana de ofensiva de las fuerzas soviéticas del Extremo Oriente han causado más bajas al Ejercito Nipón (y hecho más prisioneros) de los que los EEUU en Filipinas y en el conjunto de las Islas del Pacifico a lo largo de tres años.
La falsificación (y ocultación) de la historia en lo tocante a la confrontación con los nazis en Europa Occidental no presenta facetas menos chocantes.
La tendencia para transformar el desembarco en Normandia en Junio del 44 y la batalla que le siguió como un hecho militar cuyo merito cabria casi exclusivamente a los norteamericanos se torno en una obsesión.
No conozco un solo filme norteamericano que informe cual es la estructura del comando en Normandia.
En realidad Eisenhower era un general político, que no tuvo ninguna intervención en la elaboración de la estrategia y en el desarrollo de la batalla. Los comandantes operacionales de las fuerzas de Tierra, Aire y Mar fueron tres oficiales británicos: los mariscales Montgommery y Tedder y el almirante Cuningham. Visite los campos de batalla normandos después de la guerra, hable con los franceses de la región y tuve la oportunidad de estudiar documentación importantes sobre los combates trabados.
Basta consultar la lista de perdidas para así verificar que el número de muertos ingleses en los días decisivos fue allí muy superior a la de los norteamericanos. ¿Porqué?
Fueron el ejército británico y el canadiense quienes soportaron victoriosamente la confrontación con las divisiones Panzer de Rundstedt y Rommel en Caen y Bayeux, aniquilándolas prácticamente como fuerza ofensiva. Entretanto, los filmes de Hollywood atribuyen la victoria al general Patton, mitificado como genio militar. Las cosas no ocurrieron así. En realidad Patton (un general cuya participación en las campañas de Tunisia y de Sicilia había sido mediocre) que ocupaba el flanco derecho aliado, casi no encontró resistencia en el avance que permitió encerrar a los alemanes en la bolsa de Falaise. Rommel ya estaba derrotado.
Otra área en la cual la desinformación contribuyo mucho para ocultar las orientaciones estratégicas importantes y secretas en la relación del sistema de poder de los EEUU con la Alemania después de la capitulación del III Reich fue el de la protección concedida a cuadros nazis detenidos en la zona de ocupación norteamericana. Los grandes periódicos de los EEUU luego que se callaron los cañones publicaron excelentes artículos sobre el horror de los campos de concentración. Los relatos de los sobrevivientes y las fotos de las cámaras de gas conmovieron a la opinión pública. Para millones de ciudadanos, la liberación de las victimas de los crímenes mounstrosos de las SS en los campos de exterminio se hizo asociada al espíritu solidario del pueblo norteamericano defensor como ningún otro de los valores eternos de la condición humana.
Acontecía que simultáneamente el Ejercito Rojo era el primero en recuperar para la vida a los prisioneros de Auswitchz, el mayor y más mounstroso de todos esos escenarios de la ferocidad nazi.
La gran prensa, incluyendo el The New york Times no escondió que eminentes científicos alemanes e intelectuales sin compromiso ostensivo con la dictadura hitleriana arribaban a los EEUU para trabajara en las grandes universidades y en las instituciones científicas. Más prácticamente nada se filtro sobre las decisiones tomadas para sustraer de la acción de la justicia a cuadros con largo currículo criminal que habían estado ligados a la Gestapo y a los diferentes servicios de inteligencia. Muchos de ellos fueron transferidos para los EEUU y pasaron inmediatamente a trabajar para la CIA; algunos ocuparon cargos de confianza en la Administración.
Existe hoy una voluminosa documentación sobre las operaciones encubiertas que permitieron, a través de una red de complicidades, utilizar esa escoria humana en misiones importantes en el cuadro de la guerra fría.
Las fuentes son muy diversificadas. Para Washington es particularmente embarazoso que revelaciones altamente comprometedoras sobre el tema consten en documentos desclasificados por el Departamento de Estado y por la propia CIA.

XXXX

No cabe en esta breve y nada ambiciosa reflexión sobre la II Guerra Mundial, abordar siquiera el tema de la contribución de la guerra fría para la desaparición de la Unión Soviética. Mas es innegable que en la estrategia del sistema de poder imperial de los EEUU la lucha contra el Estado Socialista nacido con la Revolución Rusa fue una prioridad permanente, asumiendo formas muy diferentes. Lo mismo en los años de la llamada coexistencia pacifica, que en la época en que Reagan definía a la URSS como «el eje del mal», todos los gobiernos de Washington sin excepción, desarrollaron políticas agresivas contra el bloque socialista.
Las esperanzas suscitadas entre los pueblos por la creación de la Organización de las Naciones Unidas como freno el desencadenamiento de nuevas guerras y garante de una paz definitiva no se concretizaron. Luego que comprendieron que la nueva relación de fuerzas mundial posterior a la descolonización no permitiría al imperialismo hacer de la ONU un instrumento suyo, los EEUU trataron de neutralizarla.
Entretanto la trágica implosión de la URSS solamente fue posible porque el PCUS se aparto del proyecto leninista y gradualmente tomo allí forma un estado burocrático incompatible con los principios de la democracia socialista.
No obstante las desviaciones y perversiones que en la Unión Soviética condujeron a una caricatura al socialismo ideado por Lenin, la simple existencia del poderoso Estado aseguro durante décadas un equilibrio de fuerzas mundial. La paz precaria no era una paz definitiva y sin guerras localizadas. Más la bipolaridad funciono como factor de contención del imperialismo.
Transformada la URSS en un país vandalizado por el capitalismo salvaje, los EEUU tuvieron finalmente las manos libres para, en un mundo unipolar, desarrollar una estrategia de dominación planetaria.
El panorama en este inicio del Siglo XX es sombrío. La humanidad enfrenta la mayor crisis de civilización de su historia. Una crisis global –política, militar, cultural, ambiental, energética.
Más el gigante imperial tiene pies de barro. El capitalismo entro en una fase senil, como afirma Samir Amin. Es una crisis estructural para la cual los EEUU –el estado más endeudado del planeta con déficits comercial y de cuenta corriente astronómicos- no encuentra otra salida que no se la de las guerras llamadas «preventivas» y el saqueo de los recursos naturales de los pueblos del Tercer Mundo.
Crímenes repugnantes afirman la escalada de agresiones emprendida en nombre de la «libertad y de la democracia» por un sistema de poder que hace del terrorismo de estado la base esencial de su política
Una sociedad como la estadounidense aún regida por instituciones formalmente democráticas corre el riesgo de generar un IV Reich.
El rechazo al proyecto de globalización imperial aumenta de año en año, de mes en mes.
Estoy convencido de que la humanidad vencerá la crisis. Para eso los pueblos tendrán que globalizar la lucha.

11/5/05 08:35

 
Anonymous Conferencia de organizaciones ML said...

LA VICTORIA SOBRE EL FASCISMO, OBRA DE LOS TRABAJADORES Y LOS PUEBLOS

Comunicado de la
Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista-Leninistas

Hace 60 años los trabajadores, los pueblos, los gobiernos democráticos, las fuerzas sociales y políticas progresistas derrotaron al fascismo.

Ese acontecimiento significó el fin de la Segunda Guerra Mundial, representó el término del genocidio desatado por el Eje Fascista integrado por Alemania Hitleriana, Italia fascista y el Japón imperialista y reaccionario contra los pueblos de Europa, Asia y África, en contra de la Unión Soviética, representó el cese de la persecución y el holocausto de los judíos, el final de la cacería, las torturas y asesinatos de los sindicalistas, de los revolucionarios y los comunistas.

La bestia fascista cometió tropelías y asesinatos, invadió países, arraso con pueblos y ciudades, instauró los “campos de concentración” donde sometió a trabajos forzados, a la tortura, y al exterminio a centenares de miles de personas. Pretendió establecer un imperio de “mil años”.

La URSS que surgiera luego de la Revolución de Octubre fue conquistando importantes logros científicos y técnicos y sobre todo fue levantando la nueva sociedad de los trabajadores que erigieron un gran país, con una producción extraordinaria y unos pueblos movilizados. Era un nuevo poder que crecía vigorosamente, un ejemplo para los trabajadores y los pueblos del mundo, un faro para la propagación del socialismo por todos los rincones del planeta. Constituía un gran escollo para la expansión de los países imperialistas y fue considerado desde siempre, como un enemigo a vencer por parte de los imperialistas y los fascistas.

El fascismo se propuso implantar un “nuevo orden”, la dominación del mundo por parte del “pueblo superior”. En ese propósito, direccionó todo su inmenso poderío militar contra la Unión Soviética, contra el país del comunismo. Estaba consciente que sus afanes expansionistas podrían desenvolverse eliminando el gran país de los Soviet.

Los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial se expresaron en negociaciones diplomáticas entre los países imperialistas de Europa, Inglaterra y Francia con Alemania con el objetivo de dirigir la inmensa maquinaria bélica germana contra la Rusia Soviética. En esas pretensiones no vacilaron en sacrificar Checoslovaquia y Polonia.

Por su parte la Unión Soviética se involucró en las negociaciones, en la guerra diplomática con el objetivo de defender su soberanía, su integridad y existencia, de defender y potenciar el socialismo.

Como resultado de esas negociaciones se firmó el Tratado de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania, conocido como el Tratado Molotov-Ribentrov. Ese Acuerdo significó un logro de la diplomacia soviética que permitió ganar un tiempo precioso para preservar y desarrollar la industria de guerra, para organizar y potenciar al Ejército Rojo y organizar a los trabajadores y los pueblos para la defensa de la Patria Socialista.

Cuando Alemania e Italia invadieron la Unión Soviética devastaron el país, destruyeron grandes obras civiles, asesinaron a millones de civiles y perpetraron bestiales crímenes de guerra, en dimensiones mayores a los que cometieron en Francia y los otros países invadidos de Europa.

Las fuerzas alemanas parecían invencibles, avanzaron profundamente hasta las goteras de Moscú, llegaron a sitiar Stalingrado. El Gobierno Soviético, el Ejército Rojo, los trabajadores y los pueblos se retiraron al paso del ejército alemán, dejando tras de sus filas centenares de miles de guerrilleros que cumplieron un papel destacado en la Gran Guerra Patria.

En Stalingrado se libró la batalla más cruenta y decisiva. La fortaleza y el patriotismo de los soldados y los pueblos soviéticos resistieron heroicamente el asedio y finalmente cambiaron la dirección de la guerra, triunfando en esa batalla.

En todos los continentes, en la gran mayoría de países se levantó la indignación contra la dictadura fascista, se organizó la resistencia. En los países invadidos, la resistencia guerrillera contra las fuerzas ocupantes. En esa guerra de carácter nacional, los partidos comunistas y sus militantes jugaron un papel destacado, asumieron con decisión sus responsabilidades y lucharon heroicamente. Se constituyeron alianzas y frentes que unieron a todos los que defendían a la Patria, a todos los que se oponían al fascismo: a los trabajadores y a los pueblos, a los comunistas y a la socialdemocracia. En escala internacional se constituyó el gran Frente Antifascista de los Aliados que involucró a los Estados Unidos, Inglaterra, Francia, la Unión Soviética y un gran número de países.

La lucha contra el fascismo y la victoria de los Aliados significaron una gran cuota de sangre. Más de 55 millones de seres humanos, de los cuales 12 millones fueron civiles, perdieron la vida. La URSS pago la cuota más alta de vidas: 27 millones de seres, soldados y civiles.

El peso fundamental de la guerra recayó sobre la clase obrera y los pueblos. Particularmente, la Unión Soviética y el Ejército Rojo constituyeron un contingente militar y político que pudo contraatacar y avanzar sobre Alemania. En esas grandes batallas se incorporaron los obreros y campesinos, los demócratas y patriotas de los otros países invadidos. Fue una epopeya militar que liberó a varios países y naciones. El frente occidental, en el que batallaban los ejércitos norteamericanos, ingleses y franceses constituyó el cercó militar que coadyuvo a la victoria.

Millones de soldados del Ejército Rojo recorrieron Europa Oriental y Central, se batieron heroicamente contra el ejército hitleriano, lo derrotaron en sucesivas batallas y tomaron Berlín el 1º de Mayo de 1945.

El partido Comunista Bolchevique, el gobierno de la URSS, el Ejército Rojo y los pueblos de la Unión Soviética se unieron férreamente en torno de la defensa de la Patria Socialista, colocaron los inmensos recursos del gran país, los grandes frutos de la edificación socialista y la vida de millones de soldados y civiles en la gran gesta que libero a la humanidad de la barbarie del fascismo.

Eso fue posible porque los ideales del socialismo, los principios del marxismo leninismo y el internacionalismo proletario animaban al partido, a la clase obrera y los pueblos de la URSS; porque el Partido Comunista estaba imbuido de sus responsabilidades de la construcción y la defensa de la sociedad socialista, porque la dirección del partido supo comprender las circunstancias económicas y políticas que desencadenaron el conflicto y en consecuencia, trazó políticas correctas, justas y oportunas, porque el camarada José Stalin, dirigente del partido y del estado soviéticos jugó un destacado papel en el proceso de la construcción socialista, de la forja de la unidad del partido y de la voluntad de los militantes para enfrentar la guerra Patria.

La victoria sobre el fascismo no se puede entender si no se valora la extraordinaria decisión de los comunistas, de la clase obrera y de los pueblos de los países invadidos que, en medio de las más difíciles condiciones supieron organizar la resistencia armada, la guerra de guerrillas que asestó formidables golpes en la retaguardia de las fuerzas fascistas, que fueron un baluarte militar y político para la derrota y expulsión de los ocupantes fascistas y que, en el caso de Albania y Yugoslavia condujeron a la victoria de la revolución.

No se puede ignorar en estas grandes batallas la heroica resistencia de los pueblos de los países de Asia que fueran invadidos por el Japón, particularmente de China y Vietnam y que bajo la conducción de los partidos comunistas organizaron la guerra nacional y expulsaron a los japoneses, y fueron determinantes en la derrota del fascismo en ese continente.

El movimiento antifascista que se organizó prácticamente en todos los países y que fuera animado por los partidos comunistas, por los revolucionarios, los patriotas y demócratas desempeñó también un destacado rol en esta guerra y en su triunfo.

Las potencias capitalistas que hicieron parte de los Aliados, EE.UU., Inglaterra, Francia, Canadá tuvieron un rol destacado, se involucraron política y militarmente en la guerra, emplearon grandes recursos materiales y una importante cuota de soldados.

A los sesenta años de la victoria de los trabajadores, los pueblos y la humanidad progresista sobre el fascismo y sus acciones criminales y genocidas, los comunistas nucleados en la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista-Leninistas reafirmamos nuestro compromiso con la revolución y el socialismo, con la emancipación de toda la humanidad.

Reiteramos nuestra decisión de luchadores por la paz entre los pueblos y naciones, la convicción de que sólo será posible con el derrocamiento del capitalismo y el imperialismo –fuente de guerras y agresiones- y con el triunfo a escala general de la revolución, con la edificación del socialismo y el comunismo.

Las mejores tradiciones de lucha por la libertad y el socialismo fueron escritas por la clase obrera y los revolucionarios proletarios, constituyen un legado para las actuales generaciones de comunistas que las asumimos con decisión y nos proponemos llevarlas al tope cumpliendo la responsabilidad de organizar y hacer la revolución en cada uno de nuestros países y en escala internacional.

¡Honor y gloria a las fuerzas antifascistas!
¡Viva la Unión Soviética y el Ejército Rojo!
¡Viva la clase obrera y los pueblos del mundo que luchan por la emancipación!
¡Muera el Imperialismo!
¡Viva la Revolución!

Mayo de 2005
Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista-Leninistas

12/5/05 07:41

 
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